La joven de las naranjas

Algunos impactos emocionales pueden ser mas duraderos que su tiempo de desarrollo. Así dicho y puestos a buscar, podemos encontrar muchos casos que se puedan ajustar… ¡casualidades!.Eso pensaría de no ser por “La joven de las naranjas” de Jostein Gaarder. Leyendo el relato del padre a su hijo Georg recordé aquel viaje en el metro de Moscú.Iba como otras tardes a la residencia de estudiantes de la Universidad Internacional Patricio Lumumba, donde vivía y traducía Oxana. Esa tarde invernal no parecía tener nada especial, el frío grisáceo invadía las calles arrebatándoselas a la débil luz del huidizo sol de Rusia.

Una inmensa masa de gente abordó el convoy en “Prospect Marxa” (Avenida Marx, hoy “Okhotny Ryad”) en dirección a “Yugo-zapadnaia”. Una larguísima línea de metro con innumerables estaciones. Como siempre los escasos sitios sentados desaparecían de la vista antes de ser ocupados; la densa masa humana inundaba los espacios libres con el acolchado relleno de los abrigos y gorros. “Dvieri sacrivaietsa” (se cierran las puertas), una y otra vez hasta que rebasamos la “Koltsevaia” (línea circular).

Aquel hueco que fueron dejando finalmente la descubrió, se fueron los justos para verla, y aunque hubieran mas desde ese momento solo pude verla a ella.

Llevaba prendida de su rostro la expresión de aquella tarde invernal; ¿era suya?, ¿se fundió con ella para dar gracia y sensibilidad a esas opacas y largas tardes?. Como fuera no supe nunca separarlas ni entenderlas aisladamente nunca mas.

Fueron quizás sus ojos, ribeteados en su tersa y perlada piel, la mirada triste y atrayente que los acompañaba. Fue esa mirada, que me invitaba a descubrir en su interior su acogedor mundo, un ambiente cálido donde “gostebatch” (disfrutar el placer de ser agasajado como invitado). No pude dejar de mirarla ni un segundo, su aparente aspecto hierático, congelado distante, se disolvía si te dejabas llevar por sus ojos; y como si fueran un cabo firme en un mar bravo y peligroso no deseaba soltarlo por nada del mundo.

Creo que mi expresión de embobado dependiente me delató y se dio cuenta, seguramente por eso no la pude alcanzar después.
Tras para el convoy en “Yugo-zapadnaia” se vació en estampida. La seguí como pude hasta el exterior y allí se perdió entre la nube de autobuses, tranvías y taxis que llevan a la periferia de la ciudad.

Volví otras tardes, con el mismo horario; no la volví a ver. Si la hubiese encontrado se habría vuelto a producir el sortilegio, quizás aún se produce dejando que el misterio de su mirada resida en mi como lo hizo la chica de las naranjas en el padre de Georg.

Jivago